Por Mundoagro.cl el 25 julio, 2019

Identifican nuevas cepas de vino que permitirían ampliar fronteras de producción

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Para entender el tema hay que ubicarse en el contexto histórico y cultural del mundo del vino, con realidades muy diferentes entre el Viejo y el Nuevo Mundo. En el primero existen colecciones de vides desde hace muchos años, con una enorme diversidad de variedades y, por otro lado, en el Nuevo Mundo hay escasos reportes sobre unas pocas cepas antiguas. En este escenario, Chile es pionero en identificar el origen de cepas criollas y encontrar cepas europeas de las cuales no se sabía su existencia por estas tierras.

El mundo del vino podría diversificar su oferta gracias al descubrimiento que el genetista del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA), Patricio Hinrichsen, y otros investigadores lograron después de 20 años de silencioso y paciente trabajo orientado a realizar un catastro del ADN de plantas de vid viníferas y de mesa ubicadas en todo el territorio nacional.

“El resultado hasta el momento es sorprendente, porque se han documentado varios genotipos nuevos, que en su mayoría coinciden con cepas criollas, además de cepas europeas cuya presencia no estaba documentada…. sin embargo, suponemos que lo abarcado hasta ahora sería sólo la punta del iceberg, puesto que en Chile queda aún mucho por explorar en este tema, especialmente en viñedos centenarios del centro-sur del país vitícola. De esta manera, no sería inesperado que se puedan encontrar “nuevas” cepas viníferas, que pueden llegar a ser muy significativas para la industria del vino, ya que permitirían ampliar las  fronteras de producción, tanto en territorio como en las variedades disponibles”, dijo el investigador de INIA La Platina.

Particularmente, el hallazgo de Hinrichsen permitió obtener información empírica sobre el origen y atributos de cepas criollas, es decir, aquellas cepas que nacieron del cruce espontáneo de antiguas variedades europeas; estas cepas criollas se encuentran sólo en América y no en el Viejo Continente. “No están en ningún Banco de Germoplasma europeo, hasta donde hemos podido averiguar”, afirmó el bioquímico y genetista, quien además especificó que comenzó buscando información sobre la cepa País, porque le interesó saber cómo la habían traído los españoles en la época de la colonia, logrando determinar que fue por estacas, las que luego hicieron brotar en América, donde fuera que llegaron los colonizadores hispanos.

Sobre el trabajo investigativo de INIA, Hinrichsen explicó que ha estado orientado hasta ahora al descubrimiento de este material, pero luego se deberá complementar con su caracterización, adaptación y desarrollo de productos enológicos. “Estos descubrimientos se han complementado con otros proyectos, como por ejemplo uno liderado por Andrés Zurita, de INIA Intihuasi, que identificó material genético tanto de materiales criollos como variedades antiguas, que se adaptan a ambientes hostiles, con baja disponibilidad de riego y suelos salinos, seleccionados y evaluados como porta-injertos”, aclaró el genetista.

En ese sentido, Hinrichsen agregó que “la oportunidad de disponer de nuevos genotipos, con una diversidad característica, habrá que evaluarla en su mérito. Sin embargo, lo primero es tener el conocimiento de que esas plantas están y son distintas. Por lo tanto, la apuesta es que los productores conozcan lo que tienen, para hacer un mejor negocio en torno a un relato y a una historia; porque hay mucha historia detrás de esto y hay que respetarla… Mayoritariamente, el material está en manos de pequeños agricultores, los que tendrían que poder beneficiarse de este tesoro genético aun escondido”.

En cuanto a los próximos desafíos, el bioquímico dijo que “uno aspira no sólo al rescate, sino a una oportunidad de negocio para todos, incluyendo desde luego a los pequeños agricultores. Tal como lo está logrando un grupo de productores en la región de O´Higgins, quienes gracias a un equipo multidisciplinarios de colegas de distintas instituciones, están elaborando chicha y chacolí tradicionales con este tipo de cepas y comercializándolos en muy buenas condiciones”.

Otro caso exitoso, dijo Hinrichsen, es la elaboración de espumante, elaborado a partir de la cepa Blanca Ovoide, variedad criolla que se encuentra en el secano de la provincia de Cauquenes principalmente, y que surge como resultado de un trabajo asociativo de pequeños viñateros del Maule agrupados en la Cooperativa Loncomilla, liderado técnicamente por Irina Díaz, enóloga de INIA Raihuen.

Pero además hay otras aristas sobre la diversidad genética que caracteriza al encepado chileno. “Los clones chilenos de Cabernet Sauvignon son diferentes de los de Europa y otras partes del mundo, porque tienen marcadores genéticos únicos… esto en sí mismo constituye una oportunidad para que la industria del vino siga expandiéndose sobre esa hipótesis”, enfatizó el investigador de INIA La Platina, quien sigue en la ruta del rescate y valorización de este tipo de material.

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