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Julio Rodiño Durán

Director Editorial

Edición 163

Hacia la desglobalización

A mediados de julio de 2023, la revista The Economist publicó un extenso y nutrido artículo en el que se analizaba la trascendencia de la fabricación para las economías de los países. El artículo, llamado “The World is in the Grip of a Manufacturing Delusion”, comienza citando a Ferdinando Galiani, un economista y filósofo italiano del Siglo XVIII, que escribió: “De la fabricación se puede esperar que se curen los dos mayores males de la humanidad, la superstición y la esclavitud”. Por entonces, decir esto era lo mismo que sugerir que todos los males del hombre y la sociedad se curarían a través de los trabajos de manufactura, lo cual fue cierto por muchos años. Más allá del proteccionismo, 300 años más tarde, hoy se renueva esta idea y los gobiernos comparten la visión de que las fábricas son un buen remedio para diversos males de hoy, como reestablecer el orgullo y reforzar la identidad ciudadana, combatir la pérdida de empleos, ayudar a diluir los conflictos geopolíticos, mejorar el crecimiento económico y, como si fuera poco, combatir el cambio climático.

A mediados de junio de 2023, Joe Biden firmó un decreto presidencial para fortalecer e impulsar la manufactura norteamericana través de una serie de medidas que contemplan nada menos que un billón de dólares. En su presentación, el presidente de los Estados Unidos llamó a que el «Buy American» cale hondo en la población, y así terminó su intervención diciendo “¿dónde está escrito que no podemos volver a ser la capital manufacturera del mundo?”. Esto se suma a los esfuerzos que realizó Trump hace unos años con el mismo propósito, y que se graficó muy claramente en la llamada telefónica que le hizo en su momento al presidente de Apple, para instarlo a que dejara de producir el iPhone en China y trasladara toda la fabricación a Estados Unidos.

En el mismo mes de junio, la Unión Europea (EU) hizo lo propio, y respondió a esta política de Biden autorizando a los estados de la unión para que puedan gastar más recursos en detectar productos que sean considerados estratégicos en cada una de las economías y que así Europa alcance esos mismos objetivos. El gran desafío aquí es detectar productos manufacturados que, a pesar de la robotización en sus procesos, puedan complementarse con una aceptable carga laboral. Esto incidirá obviamente en un mayor precio unitario comparado al producto chino, pero que sin embargo deberá ser percibido por el consumidor con una ventaja o superioridad en algunos de sus atributos.

Entre los economistas, existe una discusión muy profunda sobre las ventajas y desventajas de transgredir las políticas económicas tradicionales del libre mercado. Los que están a favor de impulsar el desarrollo del sector manufacturero dicen que se trata de una fuente de empleos locales sólidos que genera una clase media más grande y satisfecha. En segundo lugar, argumentan que la fabricación, dentro de un ecosistema local que coexiste con servicios, genera una fuerte tendencia hacia la innovación y crecimiento. En tercer lugar, que esta innovación y desarrollo es imprescindible para impulsar la transición verde y mejorar los índices de huellas de agua y carbono.

Para la agricultura, la aplicación o no de todas estas medidas de apoyo (para algunos de intervención) a las economías locales o de bloques, no son del todo aplicables debido a que la variable geográfica de latitud, clima y suelo determina en gran medida qué se produce y dónde. Interesante discusión y otra evidencia de que en el mundo se dirige en varios aspectos, económicos, sociales y culturales, hacia una desglobalización. 

Editor revista Mundoagro

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